El sexologo obsesivo
Gustavo Porelorti, era un prestigioso sexólogo, un investigador brillante capaz de llegar hasta las últimas consecuencias y exponer su vida si fuese necesario, con tal de encontrar las respuestas que buscaba. Por eso aquel día solicitó internarse durante un año en el pabellón Nº3 del Penal de Villa Urquiza, más conocido como: “El pabellón de los violines”, y así ponerle fin a una vieja duda que lo había desvelado durante años en el campo de la sexualidad humana:
¿Un violador puede reinsertarse en la sociedad?
Cuando llegó al pabellón se encontró con todos los violadores más peligrosos del país: Mike Batarazza, Pito Fáez, Jhony Taladro, Elvio Trompudo, Roque Garompa, Pipo Ronga y el hasta el temible violador serial "Negro Manguera", entre tantos otros. A Gustavo ni siquiera le tembló el pulso ante semejantes personajes, y es que cuando uno esta tan comprometido con la ciencia es capaz de arriesgar todo por ella.
- Alcanzáme el Jabón que se me cayó- le dijo “El Gordo Anaconda” con una voz gruesa y áspera como una lija. Y cuando se agachó...ayyyyyy!!! pudo sentir en carne propia lo que sentían las víctimas de una violación...
- Todo sea por la ciencia –pensó- mientras apretaba los labios y un par de lágrimas rodaban por su mejilla. Pero Gustavo era inteligente, había previsto esta situación como buen científico. Por eso, mientras “el Gordo Anaconda” se lo empomaba, sacó su cuaderno y empezó a anotar todas sus impresiones con meticuloso detalle. Una vez finalizado el acto, exclamó sin resentimientos:
- Tome, Don Anaconda, acá esta el jabón.
- Gracias pibe, pero ya no lo quiero - dijo el violín- mientras se fumaba un pucho.
Esa noche se acostó un poco dolorido pero contento porque su investigación progresaba a pasos agigantados. A la mañana tempranito, “Pitopantera”, “PénduloBoy” y “Linterna gorda” lo acorralaron en la celda. Y mientras los muchachos lo peinaban hacia adentro, él escribía sus apuntes lo más prolijo posible. Obviamente era complicado mantener la caligrafía en esa situación, pero su espíritu perfeccionista lo impulsaba a seguir anotando y registrando todo con minuciosidad…y anotaba y anotaba...y los muchachos gozaban y gozaban.
Con el paso de los meses se fue ganando la confianza y el afecto de los "violines". Prueba de ello era que los reos le regalaban bombones y flores, hasta se tomaban el trabajo de untarlo con vaselina para que la penetración no sea tan dolorosa.
Un día Billy Glande, que ya se había hecho bastante amigo, le dijo en tono de broma:
- ¿Sabés que le dijo un huevo al otro?
- No. ¿Qué le dijo? – preguntó Gustavo ingenuamente.
- Agachate y escuchá –le contestó Don Glande- mientras lo tomaba de la nuca y lo llevaba a su entrepierna. Y Gustavo pensaba y pensaba... (no podía hablar en ese momento):
- Estos ataques son sorpresivos- analizaba- no hay consentimiento con las víctimas. Soy un genio repetía, mientras escupía el "cemento" que Don Glande le había dejado.
Quizás para los reos y guardiacárceles, gente común y silvestre, ignorantes vulgares sin estudios, él era un “puto” que andaba escribiendo sus encuentros sexuales en un diario como una quinceañera. Pero nada más errado, la ciencia era su principal preocupación.
- Es muy fácil hablar desde un programa de televisión del “perfil sexual de los violadores” –pensaba Gustavo-, pero hay que bancárselo al Negro Manguera respirándote en la nuca todos los días. Muchos científicos cómodamente realizan sus pruebas en lujosos laboratorios de universidades prestigiosas, en cambio yo, llevo mi propio laboratorio conmigo a todos partes.
El día que Gustavo Porelorti culminó finalmente sus investigaciones sobre la conducta sexual de los violadores, todo el pabellón de violindes lo despidió con lágrimas en los ojos. Es que se había ganado el cariño de los chicos calmando sus necesidades sexuales durante todo un año... Pero que quede claro, ¡¡en pos de la ciencia y el saber!!.
Aquella mañana empaquetó sus interminables apuntes en 4 valijas de cuero y se fue caminando a paso lento, un poco rengo eso si, pero con una sonrisa que ya nadie le podía borrar del rostro. Se sentía realizado profesionalmente. A lo mejor escribiría un libro contando su experiencia en el penal, a lo mejor era candidato al Premio Nobel por sus rigurosas investigaciones, ¿quién lo sabe?. El hecho es que aquel día, se sintió el hombre más feliz del mundo, y no era para menos, había hallado la respuesta que tanto había buscado y que lo había desvelado durante años en el campo de la sexualidad humana:
“¡¡¡NO, LOS VIOLADORES NO PUEDEN REINSERTARSE EN LA SOCIEDAD!!!”…



